Cómo el yoga me salvó

Anónimo

Por dónde empezar…

Recuerdo lo mucho que disfruté con la postura de shavasana en mi primera clase de yoga, a pesar del fuerte olor que había en la sala y aunque estaba rodeada de gente que no conocía. Era un estudio de yoga serio y mis mejores amigas estaban convencidas que yo no sería capaz de estarme quieta y en silencio durante toda la sesión. Y sus razones tenían, ya que soy una “persona con mente de mono” (expresión budista que utilizan los yoghis para describir a una mente agitada), con los pensamientos saltando constantemente de un tema al otro, sin detenerse nunca. Así era yo, ¡siempre pensando! Pero, por la primera vez en mi vida sentí que no tenía que hacer nada más que respirar.

Unos pocos años después estaba yo afrontando la peor depresión de mi vida – el  yoga me salvó.

Allá por Setiembre de 2010 empecé a sentirme rara. Me di cuenta que la memoria me fallaba y que la emoción y la alegría de vivir se me escapaban de una manera abrumadora. La sensación que tenía era algo así como si en mi cuerpo se cerraran todos los sistemas.

Había abandonado las actividades sociales, no me alimentaba bien y además no dormía -es ahí cuando las cosas se pusieron verdaderamente feas. Aunque estaba agitada, tenían que persuadirme a salir de la cama porque estaba hecha un desastre, incluso saltándome la ducha la mayoría de los días. Había consultado a varios terapeutas y médicos pero nada me ayudaba. Mi ansiedad me estaba debilitando tanto que no podía centrarme en nada durante más de unos minutos y no era capaz, ni sabía qué hacer para ralentizar el frenesí de ideas que me cruzaban la mente.

Hubo incluso un día que entré en una iglesia y me senté en un banco de atrás, y me puse a rezar para que se me salvara de esa oscuridad.

Fue una etapa muy dura para mí, para mi marido y para mi familia, nos sentíamos impotentes. Me tuvieron que llevar dos veces a Urgencias por intentar suicidarme y estuve hospitalizada durante más de un mes, mayormente tumbada en la cama.  Nadie sabía qué hacer conmigo. Me había vuelto muy callada e introvertida, casi no decía palabra a nadie, con los ojos hundidos, perdida en mi propia mente.

Me recetaron tal variedad de brebajes de antiansiolíticos y antidepresivos que llegué a engordar casi 20 kg, me sentía letárgica, tenía el rostro lleno de acne quístico y a pesar de esforzarme, no lograba conectar conmigo misma,  ni con los demás. Me había convertido en la concha de la persona que había sido. Sobra decir que caí en un abismo. La gente hablaba de mí como si yo hubiera muerto.

Una especialista que trabajaba con la relación entre la depresión y las hormonas, me quitó de todos los mejunjes ridículos que me estaba tomando y, paulatinamente, me fue desintoxicando de todas las medicinas que me habían recetado. Sabía que yo estaba sobre medicada, especialmente porque mi historia clínica no tenía cuadros de depresión y, por tanto, nunca había estado medicada.

En las mismas fechas, aproximadamente, mi mejor amiga empezó a animarme y a arrastrarme a clases de yoga, solo para practicar estiramientos y respiración. Eso era casi lo poco que yo podía hacer. En realidad solo iba a verla y después comíamos juntas, porque era lo único que, de alguna manera, me aportaba algo así como felicidad.

La verdad es que yo no estaba plenamente presente en esas clases, pero de algún modo el hecho de estar en un estudio haciendo estiramientos y respirando, rodeada de gente, me estaba ayudando. Empecé a ir al estudio sola y a asistir a clases de más nivel y vi que mi fuerza aumentaba y mi talla bajaba. Me sentía tan bien moviéndome, estirándome, respirando y sudando. Poco a poco, empecé a sentirme nuevamente viva, a la vez que mi fuerza emocional y mental aumentaban. La conexión física, mental y espiritual que se consigue con el yoga me permitieron curarme y crecer una vez más.

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Hubo incluso un día que entré en una iglesia y me senté en un banco de atrás, y me puse a rezar para que se me salvara de esa oscuridad.

Actualmente enseño yoga a jornada completa y  estoy preparándome para compartir la historia de mi sanación con mis alumnos. Por ahora, he elegido permanecer anónima por  el estigma que envuelve las cuestiones de salud mental.  Soy una persona privada que no quiere que la etiqueten como alguien con una “enfermedad mental”. Sé que puede que esto suene a hipocresía, pero desafortunadamente vivimos en una sociedad muy sobre medicada y a la que le encanta emitir juicios de valor. Recuperarme de toda esta experiencia ha sido difícil y etiquetas como éstas añadirían todavía más dificultades.

Ahora que he cerrado este horrible capítulo, veo cada vez más claro las señales de alarma que precedieron a mi depresión; he aprendido muchas cosas más sobre mí misma y cómo mi mente, cuerpo y espirito caminan juntos. He aprendido a escuchar a mi intuición con más atención, tanto a la hora de tomar una decisión sobre un nuevo proyecto de trabajo, como al empezar una relación nueva. He aprendido que no es malo decir que no y que no debo tirar de mí hasta casi romperme. Ahora sé que es necesario hacer una pausa y dedicar algo de tiempo a mí misma para relajarme, resetearme y recargar las pilas. He aprendido que aunque soy abierta y sociable, también soy una persona introvertida que necesita tiempo consigo misma y tranquilidad para poder procesar y digerir el constante ajetreo de tareas y vivencias con las que la vida  me depara. He aprendido que no basta con ser físicamente fuerte, la mente también tiene que ser fuerte.

© Alegría Pictures

Si soy sincera tengo que decir que aún sigo trabajando a fondo para conseguir ser positiva todos los días. A esa etapa de mi vida la rodea un sentimiento de vergüenza con el que convivo y que aún temo que pueda volver a ocurrir.  Al despertar, todos podemos elegir tener un día bueno o malo; puedes ver las cosas con fatalismo y pesimismo, o puedes centrarte en lo que te hace feliz,  por ejemplo un día de sol, o una buena taza de café bien calentita.

Creo que conocimiento es poder y que el yoga es una necesidad para todos que viven con ansiedad y depresión. Tanto la medicina, como la psicoterapia pueden ser piezas valiosas en el rompecabezas, pero el yoga permite un enfoque integral de cuerpo/mente. El yoga permite que la persona se de cuenta de que sus pensamientos “se desbordan” y nos enseña a convertirnos en observadores de nuestros pensamientos, en lugar de que sean éstos que tomen las riendas. El ser capaz de sentarte con tu mente cuerpo y alma es una herramienta poderosa y transformadora para la curación, procesamiento y crecimiento.

Si hay alguien tiene bajón o siente ansiedad, le recomiendo que busque una clase de yoga maloliente… Puede que eso sea justo lo que necesita.

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CUÁL
ES MI
PRÁCTICA?

Para ESTAR bien me centro en lo positivo tanto cuanto puedo, y saco bastante tiempo para relajarme y resetearme. Mi intuición es quien me guía y  me aparto de comportamientos negativos y de los que tienen una perspectiva negativa de la vida.  Me doy a mí misma tiempo para nutrir el cuerpo, la mente y el alma, y lo hago a través de la alimentación, yoga y rodeándome de mis seres queridos.

Anonymous

Anónimo

La autora hace más de 6 años que practica yoga y lleva 2 años siendo profesora. Se formó con Meghan Currie y ha participado en varios talleres de yoga enfocados a la depresión y la ansiedad. Además, se ha formado en Corepower,  tratando siempre de encontrar nuevas formas de comunicar mensajes de positividad a sus estudiantes.  Disfruta enseñando vinyasa, power vinyasa  e yin en varios estudios en los Estados Unidos y espera inscribirse en un programa de yoga terapéutico en los próximos 3 años.